Soledad

Por Juan de Dios Concha


A Jacinto siempre le inquietó la posibilidad de quedarse solo. No es que hubiera sufrido algún tipo de abandono en su infancia, todo lo contrario; fue el menor de una numerosa y tradicional familia mexicana, cuya integración se puede comparar con un muégano, ese dulce tradicional formado con muchos trocitos de fritura, pero unidos firmemente por la miel.

Jacinto nació en Xochimilco, al sureste de la Ciudad de México. Sus padres llegaron a estos terrenos poco después de la Revolución Mexicana, cuando el gobierno repartió terrenos para limpiar conciencias.

Fue el último de cinco varones. Desde muy niño, Jacinto y sus hermanos navegaban cada mañana a través de los canales de las chinampas, recolectando productos que cosechaba la familia, para después llevarlos al mercado de Xochimilco, donde también tenían un puesto.

Jacinto siempre se esforzó por ganarse la simpatía de amigos y vecinos; de marchantes en el negocio y, por supuesto, de los fieles más devotos de la parroquia, a quienes cada domingo veía desde el altar enfundado en su traje de monaguillo. Alguien tan popular, jamás podría estar solo.

Al llegar a sus dieciocho, Jacinto conoció a una esbelta muchacha de piel canela y hermosas trenzas perfectamente entretejidas. Su nombre, irónicamente, era Soledad. Pero Jacinto no pensó en eso, quedó admirado de esa chiquilla de grandes ojos y perfectos dientes que le sonrió el día que se conocieron por pura casualidad cuando entregaba una carga de verdura en el mesón de la plazuela. A partir de ese momento no pensó más en la otra soledad.

Dos años después la pareja contrajo nupcias. Para entonces Jacinto ya había edificado, sobre la parcela que sus padres le habían dotado, un cuarto de buen tamaño con todo lo necesario.

Jacinto era feliz. Prácticamente tenía todo lo que anhelaba y el primer día que habitaron su nidito de amor, él la vacilaba pícaramente, dándole a entender que ahí nunca entraría la soledad

– ¿Soledad? ¿cuál? –le decía al oído- ¡Nomás usté y yo! ¡Ah! –corrigió- Y los que están por venir ¿Verdá mi Chole? -Y Chole, ruborizada, sólo sonreía.

El tiempo pasó. Sus hermanos mayores empezaron a mudarse unos, y a fallecer otros; sus padres se hacían más viejos, y mientras el cuarto se convertía en una casa en forma, en su patio corrían tres inquietos mocosos: Pedro, Moisés y Natalia, los luceros de Soledad y Jacinto.

Pero la vida es muy canija. A la primera provocación, cuando apenas rondaban los veinte años, ambos varones ahuecaron el ala y se fueron de mojados. Ese día Jacinto sintió el primer golpe de soledad. Y lloró toda la noche. Pero Jacinto tenía un consuelo, dos en realidad, Chole y Nati, y se dedicó a ellas, como ellas a él.

Años después Nati conoció a un buen hombre de quien se enamoró. Pasados los meses, el pretendiente recibió una atractiva oferta de trabajo en provincia. Pidió entonces la mano de Nati y cuando sus padres apenas daban cuenta, la pequeña Nati ya estaba casada y emigrando al sureste del país.

Soledad sentía la partida de su Nati, pero madre e hija siempre son buenas amigas y confidentes. Por eso las buenas madres las recuerdan con una sonrisa antes que con una lágrima. Para Jacinto no fue igual. Aunque sólo tuvo amor, ternura y admiración hacia su Nati, cuando partió, mil palabras quedaron ahogadas en su garganta. Y de nueva cuenta, esa condenada sensación de soledad.

-Mi Chole, ora sí nos estamos quedando solitos…

-Qué solitos ni qué ocho cuartos. Solos, cuando no tengamos a quien decírselo…

Una mañana de invierno Soledad salió al mercado. Como a las dos horas, unos patrulleros llamaron a la puerta para notificarle a Jacinto que su esposa había fallecido, atropellada por un camión de redilas que se había pasado el alto. Así inició el verdadero calvario de Jacinto.

Seis meses después de la muerte de Soledad, Jacinto seguía desconsolado. Permanecía durante horas apoltronado en su sillón, dizque oyendo la radio, porque en realidad sólo escuchaba sus propios recuerdos.

Jacinto se convertía en un ermitaño. La depresión iba en aumento y poco a poco alimentaba la idea de morir. Lo único que tenía era esa endemoniada soledad que siempre trató de ahuyentar y que ahora lo perseguía. La única solución era irse al más allá con su Chole, pensaba él.

Una noche sintió un agudo dolor en el pecho. Empezó a desvanecerse hasta caer en el suelo en la pequeña salita de estar. El dolor era insoportable, y de un instante para otro, así como llegó, éste desapareció por completo.

Pasaron varios minutos. Jacinto intentó incorporarse, pero no pudo. Su cuerpo no le obedecía. Recordó una película en la que un personaje sufría de catalepsia y era enterrado vivo.

-No, Dios mío, no permitas eso…- rogaba Jacinto en sus adentros.

Su desesperación era una montaña rusa de emociones. El terror lo inundaba. Un rato después lograba calmarse. Así pasó toda la noche, con frecuentes intentos de moverse y suplicando a Dios que eso terminara.

Pasaron los días, tres, quizá cuatro; ya había perdido la cuenta. Entonces escuchó que tocaban a la puerta insistentemente. Rezaba porque entraran. Intentó gritar y moverse inútilmente una vez más. Abrieron la puerta. Era Luis, un sobrino político que, por alguna razón, decidió entrar para ver si el viejo estaba bien. Se colocó en cuclillas al lado de su tío. Jacinto rogaba porque lo tocara, que lo moviera, que lo despertara de ese infierno… pero eso no sucedió.

Luis tomó su celular y marcó: -¿Nati? Soy Luis, estoy en casa de tu padre. Nati… lo siento mucho, tu papi falleció.

En ese momento Jacinto comprendió que no existía un bendito más allá. Que la religión era sólo una argucia del hombre para mantener un orden. Que el mundo de los muertos es el que cada uno construye y que es, en realidad, el eterno mundo de la soledad.